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близу Ermita de Montemayor, Andalucía (España)

ITINERARIO: Complejo Nazaret - Fuentepiña - Carretera de Mazagón - Cruce rotonda - Calle de la Fuente - Callejón de la Sal - Iglesia parroquial - Plaza de la Iglesia - Plaza del Marqués - Calle del Rascón - Plaza del Cabildo - Calle del Sol - Calle del Castillo - Castillo - Calle Santo Domingo - Calle San Rafael - Plaza del Cabildo - Plaza de las Monjas - Monasterio de Santa Clara - Calle Trasmuros - Plaza de San Francisco - Convento de San Francisco - Archivo Histórico - Plaza de la Soledad - Calle San Francisco - Calle de la Ribera - Casa Natal de Juan Ramón Jiménez - Puerto o Muelle de la Ribera - Calle de la Ribera - Calle de las Flores - Calle de la Aceña - Plaza del Marqués - Calle Nueva - Casa Museo de Zenobia y Juan Ramón - Cementerio - Monumento a la Virgen de Montemayor - Calle de la Parrala - Calle Picos - Calle los Hornos - Cruce - Camino de Montemator - Arroyo de Montemayor - Ermita de Montemayor.
DESCRIPCIÓN: Desde el Complejo Nazaret donde me alojo se pueden divisar las mejores panorámicas de la población de Moguer. Situada en el paraje de Fuentepiña, declarado bien de interés cultural, tan ligado a la obra de Juan Ramón Jiménez: (LXXVI - Los fuegos).
La casa del huerto (de la Piña) se encuenra muy próxima. Es una pena el estado de abandono y vandalismo en que se encuentra debido a conflicto de intereses sórdidos y mezquinos. Se puede contemplar el pino donde Juan Ramón nos confiesa que enterró a Platero, tal como le prometió en vida para evitar que fuera abandonado en el moridero, allí velado por el maternal amparo de la copuda conífera en un campo salpicado de lirios amarillos junto a la casa encalada y porticada. (XI - El moridero).
Desde aquí me dirijo al pueblo por a la carretera de Mazagón hasta alcanzar el cruce rotonda para adentrarme en el casco urbano por la calle de la Fuente, la misma que tomaba el poeta de vuelta del huerto. Y que recorría con Platero para esperar a las carretas que regresaban de la romería del Rocío. (XLVII - El Rocío).
Hacia la mitad de la calle de la Fuente está la bodeguita de los Raposos donde volveré a su hora para comer en esta costumbrista taberna. La calle es relativamente larga y no la dejo hasta llegar al final para torcer por el sinuoso callejón de la Sal, actual calle del Duende que te deja frente a la fachada principal de la iglesia. (LIII - Albérchigos).
De repente me encuentro con la estampa descrita por el poeta al final de la calle hoy conocida como calle del Duende: La rojiza fachada de la iglesia de Moguer con su airosa torre que al poeta le recuerda a la Giralda. (XXII - Retorno).
Entro en el templo, me siento a descansar y enseguida voy admirando las pinturas y esculturas de sus retablos. Ya en plaza de la Iglesia, me detengo ante una escutura que reproduce un episodio de Platero y yo: (XXIX - Idilio de Abril).
Ahora mis pasos me llevan a la plaza del Marqués por la breve calle del Almirante Hernández-Pinzón. Calle y plaza donde abundan bares, cafeterias y terrazas donde el caminante puede descansar y reponer fuerzas. Opto por tomar un café en la confitería La Victoria. Ya en la animada plaza del Marqués me detengo en el centro ante la escultura de Zenobia Camprubí y otro grupo escultórico representando al tío de las vistas, título de un capítulo de la obra que nos sirve de guía. (XLIX - El tío de las vistas).
En esta animada plaza, nuestro autor situa también a la castañera en el pasaje que compara el ojo de “El potro castrado” con puchero de asar las castañas en las brasas. (XV - El potro castrado).
Seguimos por la céntrica y elegante calle Rascón, hoy calle Burgos y Mazo, hasta la plaza del Cabildo donde se sitúa el Ayuntamiento. Esta plaza está presidida por la estatua sedente del poeta moguereño con un libro en sus manos. En una esquina la figura de Platero consiente y aguanta sin imutarse el servir de montura a los chavalines mientras sus padres fotografían a las encantadas criaturitas. (I - Platero).
De aquí prosigo el recorrido hacia la calle del Sol, como se llamó tradicionalmente la calle Rábida, donde hubo en otro tiempo un teatro en el lugar que hoy ocupa una fábrica de barriles o toneles de vino, que nos recuerda actividades tradicionales ya en franca regresión. En esta calle vivía Aguedilla a la que Juan Ramón dedica su obra en prosa poética Platero y yo. (Dicatoria - Platero y yo).
Una escultura inmoraliza a este entrañable personaje en un rincón de la calle y así lo atestigua uno de los azulejos que marcan la ruta literaria por Moguer con esta inscripción: Aquí vivía Aguedilla, la pobre loca de la calle del Sol, que mandaba al poeta moras y claveles. A ella está dedicado Platero y yo, la suprema elegía andaluza. (XCVI - La granada).
Rodeando el castillo por la calle de San Rafael y la de Santo Domingo llego a la plaza del Castillo. En estado ruinoso, de la fortaleza medieval solo ha resistido el paso del tiempo restos de un torreón y un lienzo de muralla. En la obra que nos va sirviendo de guía hay un capítulo titulado “El castillo”, y en otros abundan alusiones al castillo, como esta cuando un niño le dirige este insulto. (XLIV - Pinito).
De aquí regreso a la plaza del Cabildo y ante el monumento a Juan Ramón frente al Ayuntamiento, recuerdo el improperio del insolente chiquillo dirigido a la persona a quien más le debe el pueblo de Moguer, que por fin ha reconocido el mérito de su hijo más ilustre. Por la calle de Andanlucía se llega a la plaza de las Monjas otro de las áreas varias veces citadas en nuestro libro. (CXXVII - León).
Tras una visita al monaterio de Santa Clara bordeo por la calle Trasmuro este convento carmelita. Calle que recibe su nombre de la tapia almenada que aisla el monsterio del mundo exterior y donde Platero tiene un brusco tropezón con un borrico perdido que huye de unos arrapiezos que lo persiguen y apedrean. (XXXI - El demonio).
En la plaza de San Francisco con el convento del mismo nombre como telón de fondo me topo con Darbón, el médico de Platero, como lo llama el creador de la obra, otro entrañable personaje dedicado a curar los achaques de los animales de labor, tan útiles y cuotidianos en los pueblos andaluces a principio del siglo pasado. Lo cita a menudo y le destina un capítulo. (XLI - Darbón).
Cerca está el Archivo Histórico y siguiendo la calle de San Francisco adelante en la fachada principal de su iglesia llego a la recogida e insignificante plaza de la Soledad junto a un antiguo colegio. Una escultura de un artista local, alegórica de la dedicación de tantos docentes de pueblo: Un maestro y una maestra con sendos libros bajo el arbol del conocimiento, a su sombra hay una silla escolar que me atrevo a ocupar mientras leo el capítulo titulado “La miga” (Nombre que dan por estos pagos a la escuela infantil, antes de parvulitos). (VI - La miga).
Llegamos por fin a una de las casas más visitadas de Moguer, un hito importante del itinerario. Se trata de la casa natal de Juan Ramón Jiménez en la calle de la Ribera. La narración de la visita merece un apartado especial, la guía me cuenta con amabilidad y con todo lujo de detalles los pormenores de la época, el pueblo, la casa y familia del poeta, que nació en esta casa el año 1881, y en la que vivió hasta los 6 años para trasladarse a la calle Nueva. (CXVII - La calle de la Ribera).
Desde aquí hay un buen paseo hasta la Ribera propiamente dicha donde estuvo el muelle y puerto de Moguer. Un parquecillo recuerda el pasado marinero con un monumento con un ancla sobre un pedestal con una lápida con la siguiente inscripción: «Moguer. 500 años 1492 – 1992.- En esta ribera del río Tinto, antiguo enclave del puerto de Moguer, fue botada hacia 1488 la carabela Niña propiedad de la familia moguereña de los Niño y una de las embarcaciones que participaron en el descubrimiento de América. La recuperación de este espacio histórico es una vieja aspiración de Moguer, cuya tradición marítima se remonta a la Baja Edad Media. El Ayuntamiento de Moguer, siendo alcalde D. Francisco Díaz Olivares, Mayo 1992». Aunque parece que hubo un conato de recuperación y adecentamiento de la zona, todo parece en completo abandono y dejadez, con una desolación más lamentable incluso que como lo vieran el poeta y su borrico hace ya un siglo. (XCV - El río).
Regreso subiendo la calle de la Ribera para al final en la misma casa natal hoy torcer a la izquierda por la calle de las Flores, dedicada a Zenobia Camprubí, esposa del creador de Platero que alude a esta calle evocando recuerdos de su época, que ya el paso del tiempo ha suprimido de un plumazo, y en ella sitúa el patético episodio de la yegua blanca: (CVIII - La yegua blanca).
Al final de la calle de las Flores giro a la derecha para continuar por la calle de la Aceña, como se conoce popularmente la actual calle de Sor Ángela de la Cruz. En el número 5 vivió el poeta moguereño entre 1905 y 1912 una etapa de gran creatividad y en la que escribió Platero y yo, antes pasamos por el convento de las Hermanas de la Cruz. Avanzo por esta calle con la altiva torre de la iglesia realzando la perpectiva; justo en la mitad, puedo leer en una bocacalle el nombre de Rubén Darío figura del modernismo que tanto influyó en la poesía de JRJ. Al final me detengo en la que fue residencia del poeta frente a la Pensión Platero. Y es que los nombres de resonacia juaramoniana aparecen por doquier en esta localidad andaluza. Es en este punto, comienzo de la calle para la numeración oficial, donde se situa el poeta. (XCIII - La escama).
El rodeo ha merecido la pena porque alejado de las zonas más céntricas paseo por el Moguer más desconocido. De nuevo en la céntrica plaza del Marqués, giro a la izquierda para encaminarme por la calle Nueva, como siempre se llamó la actual Juan Ramón Jiménez, con buen criterio pues en esta calle esta la casa en la vivió el poeta desde los seis años. Hoy convertida en museo donde puedo contemplar los muebles, objetos y recuerdo de Juan Ramón y de su esposa Zenobia así como las dependencias y rincones a los que alude en su obra más popular: La cuadra, el aljibe, la galería, la cancela, el patio, la escalera, la montera acristalada, la puerta falsa, la azotea… (es una pena que no esté permitido acceder a esta, así que valga la imagen de la terraza de la casa de la Ribera). (XXI - La azotea).
Tras una prolongada y emotiva visita, me dirijo siguiendo la calle Nueva adelante hasta el Cementerio, alejándome otra vez del centro en dirección NE para depositar una flor en la tumba de Zenobia y Juan Ramón. Tampoco se olvida el moguereño del cementerio en su obra, como al referirse a la muerte de la niña chica. (LXXXI - La niña chica)
Desde el Cementerio llego hasta el monumento a la Virgen de Montemayor y continuo por la calle de la Parrala junto al campo de fútbol. A toda prisa enfilo por la calle Picos y Hornos. En el restaurante de la esquina llamado Zenobia, otro nombre de resonancia juanramoniana, me detengo dado lo avanzado de la hora para descansar y tomar un tentepie. Mientras espero la pitanza, abro el libro y leo. (LXI - La perra parida).
Despues de comer, dedico la tarde para llegar paseando hasta la ermita de Montemator, situada a media legua del pueblo y visitar la Virgen, tan venerada por los moguereños. Emplazada en una pequeña loma desde la que se consiguen las mejores vistas del pueblo con la torre sobresaliendo del apiñado caserío blanco. No podía nuestro autor pasar por alto esta ermita que podía divisar desde su casa. (CXXXIV - El borriquete).

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