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Uploaded 02.09.2013.

Recorded септембар 2013

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близу Chincolla, Andalucía (España)

31.08.13_Tercera parte de lo que hemos considerado la cuenca de "royo" Chillar en la Sierra de las Villas. Tomando la carretera de Villanueva del Arzobispo al embalse de El Tranco, desde cualquiera de los puentes que nos permite cruzar el Guadalquivir (Ortega a la altura de la Venta del Pino, Rompecalzas a la de la Venta de Melquíades o Cardaor y el de Saro, a la altura de la venta de Paquete) podemos trazar la ruta. Tomamos en esta ocasión como punto de inicio y final la segunda opción dejando los vehículos junto a la Venta Melquíades, entre los kilómetros 13 y 14 de la nueva señalización (cuando realizaron la circunvalación de Villanueva del Arzobispo, cambiaron el Kmt 0 a la rotonda por la que se accede desde la N-322 persistiendo junto a la carretera la antigua y la nueva señalización representada por mojones de piedra la primera y por postes con chapa verde la segunda). Bajamos al puente por un senderillo que parte detrás del panel de ruta que han puesto en el lado derecho del cortijo, por una pendiente entre olivas alcanzamos esta descuidada pasarela que cruzaremos con precaución ya que en algunos laterales se está desmoronando por falta de mantenimiento. Pasado el puente, a la derecha sube otra corta senda que enlaza con el carril que circula por la margen orográfica izquierda del Guadalquivir y que sirve para dar servicio a los numerosos cortijos existentes en esa orilla así como para las labores de los olivares. Llegados al carril giraremos a la izquierda para caminar cómodamente por este atravesando un bosque de pinos de repoblación.

Avanzamos acompañando al Guadalquivir, contracorriente durante aproximadamente un par de kilómetros donde una amplia curva hacia la derecha nos comienza a dar vistas de los impresionantes cortados que la loma de la Be deja caer sobre nuestro Chillar. A esta altura, “royo” Chillar se une al Guadalquivir formando unos rápidos que son bien disfrutados por las canoas que durante el verano frecuentan la zona aprovechando la riada del embalse. Nos introducimos poco a poco en el cañón. Dejamos a la izquierda el vado para vehículos, de cruzarlo conectaríamos con el GR-247 y con el otro entrañable afluente de estas primeras rotundas cumbres de la sierra de las Villas, “royo” María, justo donde rinde vasallaje al Río Grande.
Rozamos el cortijo del Chillar, sus noguerones y sus detalles de otras épocas, una puerta serrana, genuina.
Ascendemos ahora con brío por entre olivares sin dejar de oír el rumor que asciende del fondo del barranco, algunas curvas nos siguen elevando dejando a la derecha el carril que conecta con el cortijo de Martínez y que tomaremos al regreso. Con la grandiosa loma de la Be a nuestra izquierda, llegamos a lo que queda del cortijo del Tamborcillo, estratégico lugar ya que aquí nos encontramos en una importante encrucijada. Por un lado, la senda que baja al Chillar a cruzar por debajo de la tapuela de la Grilla por donde organizaremos el regreso. Por otro, la senda – acequia que parte nada más completar la curva a la derecha que necesariamente tiene que hacer el camino para encontrar donde ir. La distinguiremos por una goma negra que viene de allí y si nos introducimos cincuenta metros en ella, llegaremos hasta un bidón que nos puede servir como referencia bien para tomar un jorro a la derecha en ascenso indomable buscando los altos del Chillar, la lancha del pueblo y el castillo de Chincolla o continuar la acequia hasta la toma del agua sobrevolando por la ladera que baja de la cueva del tesoro el cañón más angosto y misterioso que tiene este afluente. Finalmente, por donde nosotros seguiremos, el carril que por las olivas continúa buscando el collado que nos abra al grandioso valle de Chincolla.
Llegados a este collado, sería interminable contar lo que desde aquí se ve. Numerosas manchitas blancas salpican el extenso manto de olivar que le ganaron al monte, desde los cortados de las Palomas sobre “royo” Natao, el de Corencia, las casas de Herrera, la Bandera, los Nevazos, el Fontanar, la dehesa de los barrancos y la loma subiendo con suavidad hasta Villanueva, todo del otro lado del Guadalquivir, de su margen derecha. De la izquierda, de esta desde donde estamos mirando, el peñón de Chincolla domina el valle impidiéndonos ver por el momento todos los cortijos que junto al carril que sube del puente Ortega próximos al arroyo del mismo nombre buscan su protección. Lograremos visualizarlos cuando lleguemos al collado, que gracias a la decisión de visitar el Peñón, pudimos descubrir un tranco por donde probablemente una senda antigua salvaba el collado que hace esta roca. Un deleite mirar para todos lados desde este solitario “ñusco”.
En nuestro sentido de la marcha, el cortijo del peñón o de los Bonicotes es la última referencia humana antes de introducirnos por esa cañada que tan bien se aprecia y distingue desde aquí hasta la Carrasca de la Seña. Más a la derecha, tirando para las Correderas, el solitario Peñón de Maza nos las delata. Pues hacia el cortijo del peñón que nos dirigimos haciendo un alto para saludar al mastín que alertó a medio valle de nuestra presencia y que calló con nobleza cuando arribamos al cortijo a reponer liquido. Tras descansar bajo las nogueras y moreras que por allí arraigan continuamos en una leve bajada para decir adiós al buen camino que se torna en una sendilla casi imperceptible desde el momento en que comienza a picar hacia arriba, ya dentro de la cañada.

Como podemos, intuimos el camino, a veces visible a veces por la toba que conforma el arroyo que baja de la cumbre y que nos permite toparnos con la fuente del Roble. Un empujón más y coronamos el collado que nos mete de cabeza en el camino del Chindo, el que sube de los cortijos de los Vadillos a lo que fue el cortijo de los Contreras y que nosotros tomaremos en agradecida bajada.
Cruzamos royo Chillar primero a la altura de los Vadillos y royo Agua los Perros después para situarnos en la conocida como pista de las vadillos que parte de la carretera transversal a la altura del “Topaero”. Entre olivas musicales (hemos descubierto que ponen música en las olivas para que los rumiantes no ramoneen las oleaceas y las poden o cojan la cosecha antes de tiempo, casi sin darnos cuenta, estamos en el cortijo de los Riberas, el cual visitamos admirando las extraordinarias vistas que desde aquí se divisan, seguidamente habiendo encontrado unas buenas sombras en el camino, realizamos un alto para el avituallamiento. Esto ya es tomar las cosas en serio.Tras el merecido e imperioso descanso, alivio para las piernas y otros recovecos orgánicos, emprendemos de nuevo la marcha diligentemente pues nos ayuda el desnivel en descenso del terreno, poco a poco iremos acercándonos de nuevo al Chillar para encontrar como vadearlo. Antes, la lancha del pueblo y la cueva del tesoro nos invitan a soñar con accesos, pasos y cresteos futuros. Los tubos rocosos que caen al cañón fluvial me recuerdan a mi querido Despeñaperros, dos lugares tan distantes con elementos característicos similares. Nos detenemos en recorrer el filo del raso del cortijo de los Riberas que ahora nos vigila desde arriba. Sabemos lo que buscamos pero no lo encontramos por allí, vemos los huertos abajo, junto al “royo”, y la maleza que detuvo días anteriores a Pepe C. cuando tomó la senda de la acequia a la que nos referimos al inicio. Pero no encontramos aquí la manera de bajar, tal vez por encima del cortijo, por entre su puntal, descienda alguna garita o vereda perdida… Desistimos de mala gana de merodear este barranco y retomamos el camino que llevábamos, encontramos la vieja senda que comunicaba los Riberas con los Sesteros bajos o cortijo de “Matojo”, aún se encuentra practicable pero un par de años más sin pasar nadie y veremos quién la encuentra. Entre romeros continuamos el descenso introduciéndonos en la parte baja de la umbría de Aguilar donde pronto divisamos los cortijos que buscábamos, arreglados, con sus huertos, se ve que vienen por aquí. Nos entretenemos poco en el lugar y tomando como referencia el arroyo de los sesteros que busca derecho al Chillar seguimos el marcado descenso entre frutales hasta que damos con la tapuela de la Grilla, increíble que allí viviera una familia numerosa, un pedacico de tierra para sembrar y poco más, salvo el trasiego de esta mujer, Ramona, buscándose la vida de cortijo en cortijo, ayudando en las diversas tareas que le pedían a cambio de algo de matanza que llevarse para los suyos, en fin que esto del senderismo también da para pensar (bueno, el que quiera…). Bien, pues el cortijo de la Grilla tiene la clave, frente a su puerta sale una senda que en parte se encuentra labrada en la toba y que tras dos o tres revueltas nos aproxima al vado que buscábamos, que hace unos años encontré por casualidad y que aún permite un buen paso, está muy bien hecho, con su tronco reteniendo el terreno en forma de escalón donde se remansa el agua para permitir cruzar saltando entre un par de piedras estratégicamente colocadas. Sí señor, cosas bien hechas. Una vez situados en el Tamborcillo solo nos queda regresar por donde vinimos en la mañana, aquí hemos completado el circular. Existe la posibilidad, poco recomendable, de recortar camino por una trocha que parte del cortijo de Martínez y cae directamente en la pista junto al Guadalquivir casi a la altura de del puente Rompecalzas. Mientras no la vuelvan a limpiar, no merece la pena pues lo que ganamos en el recorte, lo perdemos en el avance lento y “enmatojado” de vegetación.

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