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23,71 km

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близу Tortuero, Castilla-La Mancha (España)

Hoy sábado, 7 de febrero de 2009, hemos quedado con Carlos en Torrelaguna, en el bar el Trébol a las 9,45 horas. Pensamos dirigirnos a un pueblo de Guadalajara, llamado Tortuero, que se encuentra ubicado al sur de la sierra de Ayllón.
Después de encontrarnos en Torrelaguna, salimos en un solo coche: Carlos, Rafa y yo en dirección a Valdepeñas de la Sierra, para luego dirigirnos hacia Tortuero. La carretera nos introdujo en una sierra para nosotros desconocida, a pesar de haberla frecuentado otras veces por distintos sectores. El entorno agreste y los valles encajados, configuran un paisaje que se hace inhóspito a los ojos de alguien que los ve por primera vez.
De pronto... el pueblo encajonado en uno de los valles; el sol brilla, el cielo azul muestra un entorno acogedor.
Nos dirigimos hacia la plaza del pueblo, donde aparcamos y desde donde iniciamos la marcha. Salimos por el puente romano (origen dudoso) que vadea el arroyo de la Concha, para coger el GR-10 en dirección a Valdesotos.
Durante los cuatro primeros kilómetros, hasta Valdesotos llevamos dirección Noreste. Nos acompaña buena parte de este tramo el arroyo Porquerizas, a nuestra derecha, al que se unirá un poco más adelante el arroyo de Valhondillo. El GR, en algunos tramos, está inundado por la cantidad de agua que llevan las torrenteras, con hielo en alguno de los tramos, por lo que hemos de caminar con cuidado.
El valle por el que avanzamos está cerrado en el Sureste por la Cuerda de la Gallinera. Las riberas del arroyo están dedicadas al cultivo del cereal. Esta es la única actividad económica que hemos observado, puesto que algunas colmenas que se veían, parecían estar abandonadas y nos llamó la atención no observar ganado a lo largo de todo el recorrido.
El GR 10 abandona este valle y se introduce entre Cabeza Gorda (Oeste) y el Picazuelo (Este) para llegar al barranco del Despeñadero limitado por el cerro de las Palomeras y de nuevo el Picazuelo.
Caminamos sobre pizarras del Silúrico, su color oscuro, la escasa vegetación y la profundidad del barranco nos transportan a la prehistoria. Es un marco excepcional para situar un villorrio, Valdesotos.
Atravesamos Valdesotos y nos dirigimos corriente arriba por el margen derecho del arroyo Palancares, que baja bien provisto de agua. En sus orillas podemos ver calizas del cretácico, son las que han permitido la formación de las cárcavas que se ven en la fotografía.
De repente el camino se corta ante la presencia de un saliente de roca, y hemos de vadear el río; no es fácil porque el caudal cubre los cantos rodados del fondo y hemos de meter la bota dentro del agua.
Casi sin darnos cuenta nos vimos metidos en una isla en medio de dos cursos de agua. El caudal del río se anastomosa y forma dos cauces, por los que el agua bajaba con rabia, imposible volverlos a cruzar, sin descalzarnos y meternos en el agua. Además he de añadir que perdimos la orientación, en un valle estrecho, limitado por paredes verticales surcadas por barrancos con sus respectivos arroyos. Viendo la información del GPS, hacíamos distintas interpretaciones y durante unos minutos dudamos de la dirección que debíamos tomar. Hasta que se hizo la luz en nuestras mentes, y vimos claramente cuál era la salida y la opción correcta.
Nos quitamos las botas, los calcetines y cruzamos el arroyo. El agua estaba helada, los pies se nos quedaron tiesos antes de llegar a la orilla, no era posible articular los tobillos. Ya en el camino, continuamos nuestro recorrido con algo de retraso, por el tiempo perdido en la situación anterior.
Superado el obstáculo del arroyo, como nazarenos en Semana Santa, iniciamos un ascenso de más de ciento cincuenta metros en una acusada pendiente, que invitaba a no mirar para atrás ni a tener el más mínimo ataque de vértigo. A partir de aquí el recorrido se convertiría en un rompepiernas, con continuos toboganes de subida y bajada, según se puede observar en el perfil de la caminata. Ascendimos dicha ladera empinada hasta llegar a la cumbre, desde la que teníamos estas espléndidas vistas.

A partir de aquí, debíamos tomar un pequeño cordalito con dirección Norte para enlazar con una pista forestal que venía de la loma del Miruelo. Ante la posibilidad de acortar tomando un atajo, y así recuperar parte del tiempo perdido en el río, decidimos bajar el imponente barranco de la Moraleja, lo que nos supuso un importante esfuerzo pues el fuerte desnivel y la brusca inclinación del terreno, tanto de bajada como de subida, recomendaban aumentar la precaución y así evitar una posible caída de poco menos de cien metros.
Pasado el barranco, llegamos a la pista forestal, que dibujando enormes zetas, como si de una cresta de gallo se tratara, unas veces parecía querer acercarnos hacia nuestro destino, para al tramo siguiente, volver a alejarnos en dirección Noroeste.
Después de los dos últimos kilómetros de caminata con dirección Sur, fue un alivio llegar al mismo GR que unas horas antes nos sacaba de Tortuero, y que ahora apuntando hacia el Este, nos devolvería a nuestro destino. Finalizábamos una etapa, que por el ritmo de la marcha, la distancia final y la orografía del terreno, nos parecía una de las más duras de las últimas salidas.

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